Pablo Santana · Artículos

¿Dónde está Dios cuando hay una tragedia?

Pablo Santana y Claude · 29 de octubre de 2026

El 28 de octubre de 2026, poco antes de las nueve de la mañana, un AVE que iba de Madrid a Sevilla alcanzó por detrás a un tren de Iryo cerca de Urda (Toledo). Según el último balance, han muerto al menos 68 personas y más de un centenar están heridas. Iban a trabajar, a ver a la familia, a volver a casa. Ante algo así, la pregunta sale sola: ¿dónde estaba Dios? No es una pregunta de incrédulos. La hace el que cree y le duele, el que no entiende y quiere entender.

Tampoco es nueva. Job lo perdió todo y se la gritó a Dios a la cara. Los salmos están llenos de esa queja: «¿Hasta cuándo, Señor?». Y el mismo Jesús, en la cruz, rezó con las palabras del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Si Él la hizo, nosotros también podemos hacerla.

Conviene decirlo desde el principio: nadie tiene una respuesta que lo aclare todo. Pero la fe de la Iglesia no nos deja a oscuras.

Dios no manda la tragedia

Lo primero es quitarse de la cabeza una idea muy extendida: que las desgracias son un castigo. Jesús lo negó expresamente. Cuando le preguntaron por los dieciocho que murieron al caer la torre de Siloé, respondió que no eran más culpables que los demás (Lc 13,4-5).

Hay males que nacen de la libertad humana. Dios nos hizo libres porque quería que pudiéramos amar, y no hay amor a la fuerza. Pero esa misma libertad puede elegir el odio, la codicia o el descuido. Otros males vienen de la naturaleza: terremotos, enfermedades, sequías. La Iglesia enseña que Dios creó un mundo bueno pero todavía «en camino», no acabado (Catecismo, n. 310). En ese mundo que se hace, también hay roturas.

Dios no mira desde lejos

El cristianismo no responde al sufrimiento con una teoría, sino con un crucificado. En Jesús, Dios no se quedó en el cielo viendo cómo sufríamos: bajó, pasó hambre, lloró por su amigo Lázaro, fue traicionado, torturado y murió.

Por eso, cuando alguien pregunta dónde está Dios en una tragedia, la respuesta cristiana es: está ahí, dentro, en el que sufre. «Lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Dios no es un espectador del dolor. Ha querido ser una víctima más.

Dios está en los que ayudan

En cada tragedia aparece también otra cosa. En Urda la vimos en los vecinos, que abrieron un pabellón para acoger a los pasajeros; en los equipos de rescate que buscaban entre los vagones; en los miles de personas que guardaron un minuto de silencio a las puertas de los ayuntamientos. Ahí también está Dios. Él no suele actuar quitando la desgracia de golpe, sino moviendo corazones para que nadie se quede solo en ella.

Y Dios sabe sacar bien incluso del peor mal. La cruz parecía el final de todo y fue el camino de la Resurrección. No lo vemos siempre a tiempo, pero la fe nos dice que el mal no tiene la última palabra.

Lo que nos toca hacer

Queda un resto que no entendemos, y es honrado reconocerlo. Ante el dolor de otro, mejor callar y acompañar que dar explicaciones fáciles. Los amigos de Job acertaron mientras estuvieron siete días sentados a su lado en silencio; se equivocaron cuando empezaron a explicarle por qué sufría.

Nos toca ayudar al que sufre, rezar con sinceridad, aunque sea con enfado, y no perder la esperanza. El cristiano no cree en un Dios que evita todas las tragedias, sino en uno que las atraviesa con nosotros y que, al final, «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 21,4).